Nunca había llorado por un corazón roto, pero creo que esta
vez es justo. De verdad te amo. Sé que, al principio, cuando me dijiste que me
querías, lo tomé a juego. No sabía cómo reaccionar. No te tomé en serio incluso
a sabiendas de que me gustabas, pero tus novios anteriores, chicos
relativamente atractivos, aunque poco desarrollados mentalmente y sexualmente
capaces, me mantuvieron en la línea a la que pertenecía. Nunca debiste haberte
enamorado de mí, si es que de verdad lo estabas. No me costó mucho poder
quererte tanto como tu objetabas quererme. Fue fácil, incluso para mí, que no
podía hacerlo, pero ya me doy cuenta que lo hiciste por alguna razón que
desconozco. ¿Qué pretendías hacer? Sé que soy terrible, mala persona incluso
cuando pretendía quererte con locura (y vaya que lo hacía), pero, en el fondo,
siempre supe que tú estabas escondiendo algo. No podía ser que la chica con
tantos pretendientes, con un pasado tan sexual y con gente con quien mantenerlo
se fijara en mí, un tipo terriblemente mal de la cabeza, feo y gordo. Yo sé que
es simplemente imposible.
Los primeros días estaba aún reacio a quererte, pero con el
paso de los días, aquella renegación se fue desvaneciendo, y de verdad llegué a
quererte con locura. ¿Qué pasó? Creo que tus verdaderos sentimientos más bien
indiferentes hacia mí salieron a relucir tras una semana casi exacta de
relación. No sé qué buscabas en mí, si es que de verdad me querías tanto. Yo
nunca te mentí, y siempre te dejé claro que no soy el tipo de hombre para ti. Pero,
aun así, me siento terrible por el hecho de que no me lo quieras decir. Me
siento mal porque no quieres decirme, de cara a cara, que nunca me quisiste, que
estabas jugando. Aunque, si de verdad me quieres tanto, la cosa es aún peor, porque te comportas cortante,
aún enmascarada con una terrible
calma. Indiferencia, puede ser.
Nunca te voy a odiar, pero no esperes mucho de mi.